Pensarnos críticamente desde los “confines de la nación” (Serje, 2011) ha significado siempre un ejercicio de re-existencia. El Caribe colombiano, un territorio marginado históricamente, celebra los 25 años del único Programa de Antropología de la región y, con ello, conmemora también el origen de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Magdalena. Este audaz proyecto se consolidó en el año 2000, después de un intercambio de inquietudes sobre la ausencia, desde el territorio, de investigaciones en torno a las dinámicas socioculturales de las comunidades y las problemáticas de la región, así como de un modelo de conocimiento situado (Haraway, 1988) y contextualizado. El inicio de este proyecto significaría más adelante el hito fundacional de una particular Facultad de Humanidades integrada, además, por los programas de Cine y Audiovisuales, Historia y Patrimonio, Derecho y, recientemente, por Profesional en deporte en modalidad a distancia.
Se puede decir que la Facultad de Humanidades en estos 25 años ha sido para la Universidad del Magdalena el núcleo del pensamiento crítico y reflexivo, considerando que nació con la fundación del Programa de Antropología como una apuesta, además, política y epistémica en tanto se pretendía, de alguna manera, advertir que desde las humanidades de la región Caribe era posible consolidar un proyecto académico y descentralizar el conocimiento al pensarnos desde los márgenes geográficos y simbólicos de la nación. En consecuencia, la Facultad siempre ha tenido un carácter singular dentro de la universidad, con un esfuerzo permanente por un diálogo interdisciplinario abierto en el que, bajo una mirada enfocada en las problemáticas y singularidades de la región, se integren las perspectivas del derecho, el cine, la historia y la antropología. Este escenario ha sido fundamental para que desde la Facultad de Humanidades se puedan desarrollar importantes investigaciones sobre las diversas problemáticas de la región y una variedad de productos audiovisuales que se nutren constantemente del Caribe y su pluralidad de manifestaciones.
La Facultad de Humanidades como un ecosistema de saberes
La Facultad de Humanidades de la Universidad del Magdalena funciona como un ecosistema académico interconectado en el que dialogan programas como Antropología, Cine y Audiovisuales, Derecho, Historia y Patrimonio, Deportes y Música. Este modelo puede responder a lo que hoy en día se discute como entramados de conocimiento, donde distintos campos convergen para comprender fenómenos sociales desde múltiples niveles y dimensiones. En este entorno, el Programa de Antropología ha consolidado una línea de trabajo audiovisual a través del Grupo de Investigación Oraloteca, que ha construido un repositorio documental sobre memorias sociales, territoriales y culturales del Caribe colombiano. Todas estas producciones se encuentran alojadas en la plataforma www.videosferas.com, un archivo digital creado para difundir producciones académicas y artísticas desarrolladas en la Universidad del Magdalena, promoviendo la accesibilidad pública, el uso pedagógico y la apropiación social del conocimiento en la región.
Los documentales elaborados por este grupo muestran cómo la investigación antropológica se vincula con metodologías audiovisuales para examinar procesos sociales complejos. Sarah Pink (2013) señala que las imágenes son parte constitutiva de la producción de conocimiento etnográfico, no simples ilustraciones. Esto se evidencia en obras como Minca, memoria y conflicto, Pueblos hijos del agua, Y no supimos por qué: Playón de Orozco y Salamina: voces de un renacer, producidas entre docentes, estudiantes y egresados/as del Programa de Antropología, que recuperan testimonios de comunidades afectadas por la violencia, el desplazamiento y las transformaciones territoriales.
Otro conjunto de producciones aborda las relaciones entre economía local, prácticas laborales y medio ambiente. Documentales como Tiburones y playas, Pesca artesanal en el Magdalena, Pescadores de la Ciénaga del Sapo y Pensando colectivamente: manejo de la pesca artesanal marina en Colombia presentan las experiencias de pescadores artesanales y los cambios que enfrentan desde lo socioecológico, lo económico y las regulaciones institucionales. De manera complementaria, trabajos como Cantos de vaquería, Compositores olvidados del Caribe e Intérprete de la carraca de caballo registran saberes musicales y prácticas culturales que, como explica Nina S. de Friedemann (1993), forman parte del patrimonio vivo que articula identidad, memoria y continuidad cultural en el Caribe.
Finalmente, producciones como Luisa y Flor, Santa Marta: territorio y memorias y Y pa’ dónde cojo yo Toño, el maestro del chicote aportan una mirada sobre trayectorias familiares, dinámicas barriales y procesos territoriales en escenarios tanto rurales y como urbanos. Este ejemplo en particular lo retomamos para dar cuenta del trabajo conjunto entre los programas de Antropología y Cine y Audiovisuales, así como del diálogo con áreas como el Derecho, la Historia, el Patrimonio y la Música. Rita Segato (2015) sostiene que los problemas territoriales y comunitarios requieren ser leídos desde múltiples campos para comprender la densidad de los vínculos sociales; por lo tanto, este repositorio audiovisual que, también está íntimamente conectado con el Grupo de investigación Videosferas, del Programa de Cine y Audiovisuales, reafirma precisamente esa lógica interdisciplinaria al producir conocimiento en diálogo y colaboración, que también es situado y accesible para la región Caribe y el país.
Un elemento central en este proceso ha sido comprender que los programas académicos no pueden funcionar como islas, sino como partes de un sistema de colaboración. La interacción entre Antropología con Cine y Audiovisuales ha permitido desarrollar lenguajes narrativos y capacidades de producción; el trabajo con Derecho ha aportado herramientas para analizar procesos de justicia, reparación e institucionalidad y ampliar la discusión sobre los derechos humanos más allá de un enfoque jurídico; mientras que la articulación con Historia, Patrimonio, Música y Deportes ha permitido la exploración de distintas realidades con lo historiográfico, lo cultural y corporal. En ese sentido, es importante considerar que las humanidades contemporáneas demandan metodologías integradas que permitan abordar la complejidad social desde distintos frentes, algo que la Facultad de Humanidades materializa en sus proyectos académicos, creativos y comunitarios.
Este enfoque interdisciplinario adquiere especial relevancia en un territorio cuyas dinámicas ambientales, económicas y socioculturales están profundamente conectadas. La articulación entre programas fortalece la capacidad institucional para comprender estos procesos y contribuye a generar materiales académicos y audiovisuales que circulan públicamente a través de plataformas como www.videosferas.com, ampliando el acceso, la apropiación social del conocimiento y el impacto comunitario. Esta integración no solo mejora la formación de los estudiantes, sino que refuerza el compromiso de la Universidad del Magdalena y su Facultad de Humanidades con la región, al producir investigaciones, análisis y narrativas que aportan a debates sociales, institucionales y comunitarios en el ámbito regional y nacional.
Antropología desde los “márgenes”.
Hablar de la antropología producida en el Caribe colombiano es también reconocer las formas en las que la disciplina se configuró, en su mayoría, bajo lógicas andinas y centralistas desde un modelo que miraba el Caribe —a la distancia— como un objeto de estudio, de ahí que consideremos que la creación de este programa ha representado durante estos 25 años un gesto legítimo de ruptura y un punto de inflexión para toda la región. Considerando que la práctica antropológica en Colombia ha estado atravesada por una geopolítica del conocimiento que, en este caso, ha situado la producción “válida” de saberes desde la región andina como centro político y administrativo, pero también epistémico. Por eso también es preciso que el programa de Antropología de la Unimagdalena pueda leerse como un acto de resistencia epistémica en tanto la antropología en Colombia, de cohorte centralista, a partir de su institucionalización tuvo como propósito una clasificación, ordenamiento y definición de las poblaciones de la nación (García, 2008).
No en vano, en el marco de la celebración de los 25 años del programa de Antropología uno de sus fundadores, el profesor Fabio Silva Vallejo, de manera anecdótica —y sarcástica— relató el momento en el que, a inicios de la década de los 2000, le contaron que una de las antropólogas más reconocidas del país le preguntó a otro colega de la capital que: “¿Quién había dado el permiso para crear un programa de Antropología en la costa?”. Esta pregunta —de tipo colonial— revela y despliega las formas en las que se ha definido cuáles son los lugares autorizados para producir conocimientos en Colombia y cómo se jerarquizan, entre otros aspectos, según su origen geográfico. Sin duda, el programa de Antropología ha podido revertir esta pregunta y ha respondido con una trayectoria sólida que lo ha posicionado en términos de investigación y compromiso con el territorio, y desde un lugar legítimo de pensamiento crítico y reflexivo continuo.
Esto, a su vez, nos invita a pensar a partir de las reflexiones que plantea el profesor Roberto Almanza (2020) en la introducción[1] del libro Teorizando desde los pequeños lugares, en donde manifiesta las formas en que las lógicas colonialistas se reproducen en los grandes centros y ciudades; silenciando, marginando y desplazando a esos pequeños lugares hasta volverlos zonas consideradas impropias para la teorización y la producción de conocimientos. El programa de Antropología puede entenderse inscrito en esos pequeños lugares que describe el profesor Almanza, y que tan hermosamente reivindica, al proponer que entendernos dentro de este escenario también nos ha dado la capacidad de “[…] pensarnos sin complejos, habitando pequeños lugares y produciendo teorías desde allí” (p. 11-12), reflexionando sobre múltiples problemáticas no sólo de la región, sino también del país y del mundo.
Podemos ver reflejada esta preocupación cuando analizamos las formas en las que el programa de Antropología se ha producido, configurado y reconfigurado en medio de algunos mandatos académicos, y ha buscado —o tal vez encontrado— otros caminos. Existe en la actualidad un diálogo constante sobre el enfoque boasiano, importado del Norte Global, con el que, tal vez desprevenidamente, inició el programa y que aún conserva. Si bien ha habido una consolidación respecto a los cuatro subcampos de la Antropología de la Universidad del Magdalena, e importantes procesos para fortalecer cada uno de los subcampos, también lo que ha sucedido es que las mismas condiciones del territorio, de las comunidades y hasta de las precariedades[2] han permitido que lo boasiano se desborde y que se expresen e irrumpan otras apuestas como un énfasis en la discusión alrededor y en el Caribe que, si bien actualmente está articulado a tres subcampos de la antropología, subvierte la rigidez con la que a veces estos son abordados.
En este sentido se puede proponer que el enfoque boasiano ha sido intervenido, y a veces transgredido, por la comunidad académica del programa de Antropología de la región Caribe, con el acompañamiento de las comunidades que la habitan. Un modelo desde el que han emergido formas particulares de relacionarnos con los territorios de la región y el país, y sus complejidades de manera situada, lo cual, además, se ha nutrido de las experiencias de los propios estudiantes, cuyas vivencias e inquietudes han dado origen a diversos intereses de investigación. Esto ha sido fundamental en el programa porque, más allá de trazar límites entre intereses asociados a los tres subcampos, hay una reflexión constante por preguntarnos sobre el ejercicio antropológico en un territorio que además ha estado profundamente marcado por las dinámicas del conflicto armado, lo cual también ha sido muy evidente en mucha de la producción académica.
Lo que nos interesa reflexionar aquí es que, si pensamos en las antropologías de Colombia, se podría decir que las andinas son antropologías que están dadas en tanto son las pioneras y las que han trazado unas rutas particulares; mientras que, en el Caribe, es el mismo territorio el que nos exige otros caminos, que se van nutriendo de nuevas preguntas y de un posicionamiento situado que permite la articulación de nuevos planteamientos. Estos se van resignificando y hacen del programa un proyecto inacabado —en el buen sentido—, en tanto existe un cuestionamiento constante sobre el quehacer antropológico. Esto, además, hace que el programa mantenga una pregunta ontológica siempre abierta, considerando que no busca la consolidación de certezas, sino una perseverante exploración de posibilidades.
Como facultad y programa nos complace enormemente ver de qué forma a lo largo del tiempo nuestros estudiantes y egresados/as, con la compañía de los/as docentes, han generado importantes debates articulados a sus propias vivencias y formas de habitar y reinterpretar el territorio. Esto ha contribuido a que se pueda también producir a la región a partir de un posicionamiento crítico que se teje desde el mismo lugar que se habita. Para mostrar algunas —entre muchas— de las experiencias importantes que sustentan esta idea, podemos ver cómo en la actualidad emergen con fuerza en el programa discusiones antirracistas en las que los y las estudiantes negras de la región se han inscrito en un lugar de rupturas epistémicas que ha permitido, por ejemplo, la emergencia de iniciativas como la Semana Antirracista y Decolonial como un espacio que pone en tensión las estructuras raciales. También encontramos de qué forma algunas líneas de investigación con tradiciones teóricas del Norte Global, como los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología, aterrizan en el Caribe colombiano a través del programa de Antropología y se encuentran con nuevos escenarios que los obliga a dialogar con las realidades de la región y el país, y a reconfigurarse desde marcos de discusiones y debates más amplios, que incluyen una reflexión permanente sobre los colectivos no humanos y los escenarios de interdependencia que ensamblan distintos actores y mundos, atravesados por una perspectiva crítica de los estudios de la antropología del desarrollo.
Igualmente, se identifican importantes discusiones en las que ya no estamos hablando únicamente del territorio sino también del maritorio como un escenario fundamental para pensarnos desde la región Caribe, un espacio que es espiritual, cultural y económicamente trascendental para los habitantes, y que, además, se encuentra en una constante disputa ontológica que se sostiene en posicionamientos que impiden reducir el mar a un recurso o paisaje, sino que se reconoce como un sujeto político. Además del programa de Antropología se han producido también investigaciones valiosas sobre las prácticas culturales del Caribe colombiano, pero también ha sido trascendental registrar las reconfiguraciones y las pérdidas, de muchas de estas dinámicas de vida, debido al conflicto armado; así como la articulación de la bioantropología en el escenario de las desapariciones y las implicaciones éticas del tratamiento de los restos óseos, que nos lleva a reflexionar sobre la dignidad de los muertos y a contribuir en procesos de memoria, reparación y justicia a nivel nacional (De Tienda y Currás, 2019).
Si pensamos también en términos arqueológicos, la Universidad del Magdalena, bajo la custodia del programa de Antropología, alberga una de las colecciones arqueológicas más grandes de Colombia con gran parte de la cultura material[3] de las comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta (SNSM) y sus alrededores. Esta colección no sólo ha sido inventariada y estudiada por los mismos estudiantes, docentes y egresados, sino que además es un espacio que está en continuo contacto con las comunidades del presente de la SNSM, lo cual lo convierte en un escenario de encuentros que articula el pasado arqueológico con el presente vivo de los pueblos indígenas de la región.
En resumen, una característica distintiva de la antropología de la Universidad del Magdalena es que se nutre del territorio. Y que más allá de estar en los “confines de la nación”, o márgenes como lugar impuesto, se han propiciado rupturas frente a esas nociones de región periférica desde la cual no era posible hacer antropología. Esta reflexión situada desde el Caribe colombiano no busca articularse a un regionalismo metodológico, sino más bien dialogar con otras antropologías producidas en el país, América Latina y el mundo. Concebimos ‘el Caribe’ no como un límite, sino como un punto de partida para reimaginar, interrogar y construir, en colaboración y vínculo.
Referencias
– Almanza Hernández, R., & Pacheco Chávez, V. H. (2020). Teorizando desde los pequeños lugares. Editorial UniMagdalena.
– De Tienda, L. y Currás, B. (2019). The Dignity of the Dead: Ethical Reflections on the Archaeology of Human Remains. En K. Squires, D. Errickson y N. Márquez (eds.), Ethical Approaches to Human Remains. A Global Challenge in Bioarchaeology and Forensic Anthropology (pp. 19-38). Springer.
– Friedemann, N. S. de. (1993). La ruta de la memoria y la identidad cultural en el Caribe colombiano. Colcultura.
– García, H. (2008). Cuestionar la alteridad: reflexiones sobre la historiografía de la antropología colombiana. Maguaré, 22, 455-481.
– Haraway, D. J. (1988). Situated knowledges: The science question in feminism and the privilege of partial perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599. https://doi.org/10.2307/3178066
– Londoño, W., & Mozo, M. F. (2025). Colección arqueológica de la Universidad del Magdalena. Retos y avances en la gestión del patrimonio. En Músicas, danzas y expresiones festivas en América Latina y el Caribe: Historia, museos y patrimonio (pp. 185-192). Asociación Colombiana de Estudios del Caribe.
– Pink, S. (2013). Doing Visual Ethnography (3rd ed.). SAGE Publications Ltd.
– Segato, R. (2015). La crítica de la colonialidad en ocho ensayos: y una antropología por demanda. Prometeo Libros.
– Serje, M. (2011). El revés de la nación: territorios salvajes, fronteras y tierras de nadie. Ediciones Uniandes-Universidad de los Andes.
[1] Escrita en colaboración con Víctor Hugo Pacheco Chávez.
[2] Teniendo en cuenta, además, que la Universidad del Magdalena es una de las universidades acreditadas que recibe la menor transferencia por estudiante.
[3] Conformada por más de 3.000 piezas del periodo prehispánico y pos-contacto (Londoño y Mozo, 2025).
Autoras:
Laura Marcela Morales Guerrero – Decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Magdalena.
Angélica Patricia Baquero Porras – Investigadora del Grupo en Diversidad más que Humana de la Universidad del Magdalena.
Maira Alejandra Mendoza Curvelo – Docente del Programa de Antropología de la Universidad del Magdalena.